Una historia benamejicense en Cataluña

Se ha hablado mucho de la emigración a Cataluña de los años 50 y 60 pero se ha hecho siempre mirando a Barcelona y su área metropolitana y pueblos de su entorno. La capital catalana, junto a los ríos Ter y Llobregat fue su destino principal de miles de ciudadanos de diferentes puntos de España que huyendo de la miseria encontraron un trabajo en el sector de la industria textil, y en los trabajos de asistentas a domicilio (criadas, cuidadoras, canguros…) si el cuidado de sus hijos se lo permitía. Una realidad recogida en múltiples artículos documentados y libres, como la obra de referencia “Los Otros catalanes” de Paco Candel (1964). O incluso en las novelas de ficción de Joan Marsé.
Poco se ha hablado de la ramificación de estos movimientos migratorios en el mundo real, que también existieron en menos proporción, obviamente, pero uno de los casos más curiosos es el del pueblo de l’Albagés, donde el fenómeno tuvo una intensidad especial. Entre 1954 y 1960 aproximadamente, llegaron personas procedentes de Andalucía, una docena de familias más o menos, con una particularidad: coincidían todos del mismo pueblo, Benamejí.

HUIR DEL HAMBRE
Casi toda emigración es consecuencia de encontrar una vida mejor. Es causante de la guerra y causante de las faltas de oportunidades. A la comarca de las Garrigas, la guerra terminó en 1939, la gente no se moría de hambre (el acceso a los alimentos al menos no era imposible), pero los años de posguerra fueron probablemente los más difíciles del siglo XX, por la subsistencia y la combinación de la posguerra y el mundo rural y normalmente acaba el éxodo. Es difícil concebir aquella comarca, al mismo tiempo, como tierra de llegada y no de salida, pero sí, siempre hay quien lo pasa peor. Como en Benamejí, este pueblo que tenía 6.000 habitantes era tierra de latifundios, señoritos y jornaleros. Unos adjudicaban las faenas a dedo y los otros esperaban aquel día a ver si tenían suerte. Pero cuando pasan los años y hay hijos para alimentar, no se puede contar nada más que con la suerte.
L’Albagés no estaba especialmente en la hoja de ruta emigratoria de aquellos benamejicenses, la hoja de ruta no era otra que ir allá donde hubiera trabajo, y ya se sabe que los caminos vitales están complicados. Alguien se informó que allí se cosechaba la aceituna como en Andalucía, y que se hacía entre “Todos los Santos” y “Navidad”, antes que aquí. Por lo tanto, se podían trabajar las dos campañas. Y el “boca-oreja” hizo el resto. Cada año iban benamejicenses a la cosecha de aceitunas y, por Navidad volvían al pueblo, también se quedaban dos o tres familias allí. Algunos trabajaban en pueblos del entorno, como Castelldans, pero fue en l’Albagés donde se concentraron las familias de la emigración benamejicense. Quien no tenía un primo tenía una hermana. Como Antonia Ruiz que llegó en el 1955, con 17 años, y estaba con su hermana Teresa, que había llegado un año anterior. O como Aurora García que llegó en 1956, también con 17 años; ella y sus padres siguieron los pasos de su hermano Francisco, que había llegado con 22 años. El mismo año llegaron Dolores Gómez con 23 años de edad para reunirse con sus padres y un hermano que ya estaban allí, y así primos y primos segundos, familiares, la comunidad se fue haciendo grande.

CONVIVENCIA Y MUCHA MEZCLA.
En un pueblo como l’Albagés, que entonces tenía unos 600 habitantes, la llegada de una docena familiares en 5 ó 6 años ( más alguna otra proveniente de otras partes de Andalucía) se notó en el nivel demográfico. Sin embargo los pueblos de los alrededores perdieron habitantes entre 1955 y 1965. L’Albagés ganó en población, apellidos como Melero, Ruiz, Leiva, Chacón, García, Expósito, Gómez, Montes, Tropa… Entraron a formar parte de la onomástica local. En la calle Lérida y la calle Juncosa de l’Albagés, casi en todas las casas había personas de Benamejí. Además de este impacto, tanto los que llegaron como sus hijos destacaron la buena relación con los Albagesencs y el rápido proceso de adaptación. Pronto se venció la dificultad con el idioma. –En el Albagés poca gente hablaba el castellano y menos el andaluz-. Y pronto fue naciendo una relación positiva entre las dos comunidades. “Creo que nos integramos mejor antes que los que lo intentan ahora”, dice Miquel Angel Llimós, hijo de Antonia Ruiz y que ahora es alcalde. “Nos hacíamos amigos de toda la juventud enseguida, éramos uno más”, explica José Chacón, que llegó en 1960. Los casamientos mixtos no van a tardar pero tampoco algunos de curiosos como los de benamejicenses que no se conocían entre ellos. Es el caso, por ejemplo, de los padres de Joan Leiva: Ella llegó a l’Albagés casada con tres hijos pequeños ( Félix, Nati y Ángeles García Gómez) pero más tarde se volvería a casar con el que sería el padre de Joan y Francesc Leiva Gómez. Dolors Gómez llegó casada con un benamejicense, enviudó y se volvió a casar con otro benamejicense.

A PESAR DE TODO FUE DIFÍCIL
La vida en l’Albagés tampoco fue coser y cantar. No era extraño aposentarse en casas vacías como primer techo, en una casa utilizaban una caja como mesa y unas piedras para sentarse. Las penurias de posguerra eran generales en todas partes, pero, a los que fueron llegando y forasteros tenían todos los números para trabajar en las faenas más duras. Algunos ya venían del Valle de Arán, donde trabajaban en túneles, pantanos y centrales eléctricas. “ Las cloacas del pueblo las hicieron los emigrantes de Benamejí a pico y pala, rompiendo las piedras con unos riesgos laborables enormes”, explica Juan Melero que llegó al pueblo leridano con dos meses de vida, junto con sus padres y dos hermanas. Su padre se dedicó a la venta de pescado, primero lo iba a buscar con el “correo” o “coche de línea”, después con la bicicleta, seguidamente con una moto gutzzi. “Había ido mucha veces a pie a la población vecina del Cogul a vender pescado”. Montaron una pescadería en L’Albagés y Cervià hasta los años 80.
Los trabajos más comunes, eran los del campo, en la recogida de aceitunas, a trillar el trigo a la era, etc,etc… Y Aquí, como muchos albagecenses, se escapaban del poder de los terratenientes locales. “No les regalaron nada, se lo tuvieron que ganar” dice Joan Leiva.

UNA MUESTRA RURAL DE IDENTIDAD
Nada fue fácil, pero nadie regresó. Algunos se separaron del camino, pero al poco tiempo volvían otra vez. ¿Se cumplieron las expectativas de aquellas personas? “Sí, porque todos trabajaban”, sentencia Juan Melero. “Mi padre decía: Si no hubiera encontrado trabajo, habría continuado hasta Rusia si fuera necesario” agregó Melero. A parte del vínculo laboral las raíces de la comarca de Las Garrigues fue fuerte y en general, el balance que hacen los testimonios es positivo. También para el pueblo, que frenó el descenso demográfico, en un contenido de mucha más mano de obra joven donde en la comarca se había perdido por la guerra y el exilio.
Es difícil saber si existía un carácter Albagecense, pero lo que está claro que l’Albagés no se puede entender sin el componente Benamejicense. De hecho, entre hijos , sobrinos, nietos y parientes de aquella hornada de bienvenidos emigrantes –después de la cual no habría otra similar- puede ser que haya entre 80 y 90 personas con alguna relación con nuestro municipio de Benamejí, en un pueblo como l’Albagés de 400 habitantes. La mezcla es tal, que por ejemplo, en el Ayuntamiento, está el alcalde, un concejal y en la oposición del gobierno consistorial también están descendientes de Benamejí en todos los partidos políticos.
L’Albagés es un ejemplo de integración social de los Benamejicenses con la característica especial de que es en una zona rural, de la Cataluña profunda, integración peculiar y parecida a la de las ciudades o capitales de provincia.

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