Un borriquillo engalanado, la cultura y la nobleza

Si el castillo aúna estas dos cosas, cultura y naturaleza, esta Semana Santa, con todo lo que tiene de lección y simbolismo, nos ha ofrecido una imagen que, aunando también cultura y naturaleza, nos enseña mucho. Se trata de un borriquillo ataviado con aparejos artísticos tradicionales de Benamejí. El animal así engalanado es además un habitual de la romería y es genial que su propietario lo muestre en Semana Santa, formando parte de la representación de Jesús entrando a Jerusalén en borriquillo, aportando el animal y su indumentaria un valor añadido a la calle en las festividades. Sus aparejos se mantienen intactos, así como la intención de “vestir de fiesta” al animal. Y decía que el conjunto de animal y atavíos nos enseña mucho, porque nos trae el bello relato sobre un hombre y un borriquillo, “Platero y yo”, del eterno Juan Ramón Jiménez. Y nos enseña también porque nos recuerda el necesario y sano vínculo entre hombre y naturaleza. Nos ilustra en la paz animal; mirar a los ojos de igual a igual a ese animal da una lección de humildad y sencillez, y es hacer un alto en la complejidad de nuestros actuales mecanismos mundanos.
Si ahora se pasea por moda al animal de compañía vestido, como sucede con los perros, antes el hecho del traje animal estaba justificado con la fiesta y con que sencillamente se trataba de los mismos arreos de uso, pero engalanados. Creo que resulta más digno el sentido de vestir a los animales de antaño, con esa hermosa mezcla de tradición, arte y costumbre. Y sin duda son unos unos elementos que debieran conservarse.
En relación a la manera de vestir al borriquillo del que hablamos, tras preguntar en casa por los nombres de esos aparejos, he conseguido extraer de la memoria de mis padres hermosas palabras dormidas. Y no solo eso, sino que también extraigo junto a los nombres, el orden en que se colocan: primero va el “arropón”, una manta que se pone directamente sobre el lomo del animal; encima el “albardón”, con dos almohadillas rellenas de paja entera de centeno; después la “enjalma”, que es una almohadilla rellena de paja picada; sujetan todo lo anterior, la “cincha” a la barriga, el “atajarre” a los muslos, la “baticola” al rabo, y la “pechera”; lo cubre todo la “sobre-enjalma”, que en el caso que nos ocupa está ricamente decorada al ser de fiesta (para trabajar, la cubierta era de pleita); en la frente lleva el animal un “mosquero”, éste también decorado en este caso; a la cabeza, la “jáquima”, con “ronzal” o “ramal”, con correas que van desde el mosquero hasta el hocico; a la boca, van las “bridas”, sujetas al bocado, la “serreta” sobre el tabique y el “perrillo” a la mandíbula. Si lleva los ojos tapados, lleva unas “anteojeras”, que también pueden estar decoradas, con trabajos de cuero repujado. Y para los pies del que monta, están los “estribos”, también en este caso adornados.
La decoración principal del aparejo que tratamos la tenemos en la “sobre enjalma”, y enlaza con nuestras más profundas formas decorativas, con sus espejos y sus efectismos barrocos, sus trenzados artesanales, sus colores, su fantasía… todo fascinante, embriagador y evocador.
Y una vez más, también está ahí Plasencia, el pintor y testigo del Benamejí de entre los siglos XIX y XX, porque en su cuadro “El limonero”, pinta a los pies de un vendedor unos aparejos similares a los que tratamos ahora. Y ese vendedor está retratado en la Posada. Pensemos que muchos arrieros y vendedores ambulantes, en sus paradas, dormían al calor de las llamadas “bestias”; …. “las bestias”…, a veces tan humanas…, siempre tan nobles.

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